De hecho, las almohadas aquí apestan tanto, que para mí fue insoportable y una especie de tortura diaria, desesperante y angustiante, el tan solo tener en la cama la que me tocó (una almohada aquí normal; pero sobre la cual ni pensar, por supuesto, en ponerle la cabeza encima), y la colocaba siempre lo más lejos posible de mi cara, en el extremo opuesto de la cama; en una esquina, por la precaución y el asco de tocarla incluso con los pies; deseando cada noche poderla poner de algún modo bajo la cama, pero sin tocar el piso. Porque de haberla colocado sobre el piso, mucho menos sucio y apestoso que la almohada misma, puesto que el piso al menos casi a diario se trapea, se me habría acusado por el albergue de ensuciar la almohada, sin ninguna duda, porque lo que importa aquí, para la mayoría de los encargados, no es la realidad, sino las meras apariencias mediante palabras falsas. De aquí la necesidad de estas imágenes, que no mienten. Otra de las nauseabundas almohada...
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